sábado, 5 de marzo de 2016

La perspectiva, la distancia, el tiempo

No recuerdo haber escrito nada para ti. Tal vez lo hiciera, pero el fuego borró las pruebas.
No me di cuenta de cuanto marcaste mi vida hasta que no supe reunir fuerzas suficientes para asumir mi realidad...
Yo no lo sabía aún, pero fuiste el espejismo, el holograma, la copia virtual de un amor que nunca fue. No, a ti nunca te amé, pero cuánto tardé en entender que a ella sí... Me resultó tan sencillo sustituirla por ti... Te pensé, te soñé y a veces te imaginé...
Llegados a este punto tengo que disculparme, supieras o no, intuyeras o no... Estas cosas no deben guardarse, tanto menos si se alcanza una confianza como la que asumimos nosotras, al menos yo...
Ay! Si yo hubiera dicho en caliente todo lo que me pasaba por la cabeza... Me hiciste muy sencilla la transición, y te lo agradezco. Fue todo tan natural, tan como si nos conociéramos de siempre, tan sencillo, tan visceral... Te extraño, ahora que nuestros mundos son completamente distintos, te añoro. Otras piernas han ocupado mis manos, pero ningunas comparables a la suavidad de tus curvas, otras miradas me han guiñado y ocupado mis desvelos, pero ninguna tan sincera. Otras, hubo otras con y sin amor, pasión y locura, pero ninguna tan sencilla, ninguna que marcara, ninguna que me falte como tú.
Tú no lo sabes, ni yo lo entendía hasta no hace demasiado, pero me curaste la más profunda de las heridas que he sufrido. Fuiste, durante el tiempo necesario, mi 'bálsamo de fierabrás'. Más tarde tu camino y el mío tendieron a separarse, como es natural; pero el cariño y la gratitud que te guardo es eterna.
No necesito que me entiendas, pero es tiempo de poner todos mis asuntos al día y creo que te debo esta confesión.

martes, 23 de febrero de 2016

De nuevo, Asmodeo

Cada día está repleto de momentos fugaces que evocan una melodía, un himno, una canción, un poema...
Cada día entre una docena y cien sucesiones rítmicas de sonidos armónicos ambientan el camino. A veces son tan anecdóticas que las recordamos siempre, otras, sin embargo, fluyen libremente y tal cual llegaron se van...
Todos los momentos de mi vida tienen música, salvo los que tienen que ver con mi pequeña encarnación de Asmodeo. Allí no hay melodía ni armonía, solo una estruendosa sucesión de percusiones que me hacen caer en un obscuro trance donde mis pasiones más bajas se apoderan de mi conciencia. A veces me asusta la facilidad con que anula mi juicio. Me ofusca mi fragilidad. Quiero fortalecer mi espíritu y me aferro a la esperanza y mis convicciones, sin embargo no son suficiente para luchar contra los deseos que me inspira.
El reencuentro no tuvo nada que ver con lo previsto, de hecho no esperaba que hubiera un reencuentro y menos un día tan significativo, tal vez eso propiciara el ambiente amable y de comprensión. Pero también hizo que bajara la guardia y viejas sensaciones que consideraba enterradas volvieron a hacer mella en un espíritu descerrajado.
Cientos de imágenes de los mejores momentos pasaron por mi mente como un caleidoscopio, pero había una recurrente en la que no éramos protagonistas.
De repente volvían a mi, tanto las mejores sensaciones, como las más dolorosas, cada encuentro, cada instante, cada ocasión desperdiciada... Ya había pasado tiempo suficiente, las heridas habían cicatrizado, pero no podía apartar aquella pesadumbre nostálgica de mi. Mi instinto me empujaba a volver a intentarlo, aún a sabiendas de que aquel camino estaba cortado.
Su presencia me insta a vivir, arriesgar, apostar... Y esta vez todos mis receptores estaban alterados recibiendo señales favorables, aunque en el fondo creo que simplemente no soy la única que siente y sufre su poder. Cuando entra en escena, todo su alrededor recibe un halo rojo fuego, y sólo los más fuertes consiguen mantener el tipo.
Añoraba tanto esa sensación de poder, de egoísmo, de superioridad, de narcisismo... Echaba de menos a mi Asmodeo particular, un guiño, una sonrisa, un envite, confianza extrema sin sentido ni razón. Un extraño refuerzo de autoestima que me devuelve la fe en mis aptitudes, la soberbia necesaria, la lujuria, la gula sin pereza, ira ni envidia o avaricia. El lado oscuro que complementa la luz, la guerra necesaria para ansiar una paz, el vacío que se hace hueco entre la materia.

lunes, 8 de febrero de 2016

La fortuna de las relaciones interpersonales.

A veces no me doy cuenta de lo afortunada que he sido una y otra vez con las personas que se han ido cruzando en mi camino y se han quedado a compartirlo... Se dice pronto y fácil, pero no todo el mundo tiene la suerte de poder conservar relaciones de décadas, cuanto menos de las primeras décadas de vida.
Poder afirmar que tengo "amigos de toda la vida", y que sea literalmente cierto que son una pequeña pluralidad, es un privilegio al alcance de muy pocos. Por eso, a lo largo de mi vida he incurrido en el error de pensar que era sencillo lograr la confianza que cimenta ese tipo de relaciones. Ahora 25, 15, 7 años después sólo recordamos que siempre nos llevamos bien, pero no recordamos los detalles del camino que recorrimos para inspirar en el otro y en nosotros mismos esa fe que lleva al éxito de las relaciones.
Me doy cuenta que las personas cada vez son más desconfiadas, más celosas de lo suyo y "los suyos". Cada vez más egoístas, ya nadie antepone la felicidad del hermano en detrimento de la propia, la generosidad ha muerto, sin hablar de la desconfianza que lleva a algunos a una continua posición defensiva.
Los cumplidores del Undécimo Mandamiento sin temor ni reticencias han desaparecido, pero no podemos culparlos. La envidia, la soberbia y un injustificado sentimiento de inferioridad ha minado la personalidad de nuestros jóvenes hasta hacerlos tan dependientes de la imagen y el qué dirán que prefieren unirse a quien da bien en la foto, que a quienes les despiertan curiosidad e inquietudes.
Yo también me equivoqué con algunas personas, pequé de confiada, tal vez, pero no me arrepiento y volvería a hacerlo una y otra vez... Prefiero haber tenido el corazón roto y que alguien se ocupara de volver a recomponerlo que tener uno impenetrable y solitario, amargo... Una y mil veces volvería a los requiebros y zalamerías que aparentemente molestan a algunos. No lo siento, me niego a cambiar, me resisto a ser un ente impersonal más. Me opongo brutalmente a sospechar de cada sonrisa que me dedican, me resisto a considerar a los demás enemigos u oponentes, antagonistas en esta historia que acaba de empezar.
No, no pienso en cambiar el mundo, me bastaría con cambiar sólo mi entorno, que todos los que se crucen por mi vereda sean capaces de sonreír, confiar y amar como yo o como aquel loco llamado Jesucristo esperaba. Y no, no he dicho querer, he dicho AMAR porque hay una diferencia fundamental que se da por hecho pero que empiezo a dudar que todo el mundo la reconozca.
El querer lleva implícito el deseo de posesión, como se quiere un coche, una casa... No me refiero a eso, yo hablo de la satisfacción de ver cómo el otro consigue sus metas, el gozo de saberlo feliz y dichoso, la alegría de compartir aunque sea el dolor de una pérdida o una enfermedad. Me refiero a ese sentimiento que hace que las distancias no existan, ni el tiempo, sólo dos partes de un todo, algo que poco o nada tiene que ver con las necesidades de la carne. Algo demasiado perfecto para que nuestra limitada psique comprenda.

AMAR http://dle.rae.es/?id=2E4Cede
AMOR http://dle.rae.es/?id=2PGmlay
QUERER http://dle.rae.es/?id=UnvXEIb

viernes, 9 de octubre de 2015

Mar de dudas en la laguna de tus pensamientos.

Tengo tantas cosas que decirte. Me asaltan tantas ideas cuando tus brazos me rodean y deseo con todas mis fuerzas que el tiempo se detenga, que por una vez no sean los horarios quienes controlen nuestras vidas.
Tengo dudas, muchísimas dudas sobre todo, he aprendido a no creerme nada aunque parezca demostrado, tanto más en cuestiones de pasiones y psique. Sin embargo tengo una verdad absoluta, aunque digamos que circunstancial o momentánea, y es que el tiempo se volatiliza a tu lado. Los minutos se me escapan sin remedio y cada vez me molesta más tener que despedirme de ti. Y no, ya no pienso y sueño sólo con tu cuerpo, cada vez son más actos cotidianos los que sueño compartir, que el simple trayecto que une tu sofá con tu cama. A veces nos pienso recorriendo alguna de las infinitas rutas de secretos de Madrid, o simplemente despertando y compartiendo un desayuno juntos...
La otra tarde te lo dije, me has puesto muy difícil acercarme a ti y ahora no quiero separarme. Todo, salvo ese instante, carece de importancia cuando me miras a los ojos. Todo, salvo ese momento, pierde su sentido cuando me abrazas. Y velo mis cuitas tras sonrisas ligeramente sarcásticas porque estoy exactamente donde quiero estar, mas no tengo la menor idea de si tú piensas, siquiera, parecido. Entonces el temor me invade por estar volviendo a caer en la misma trampa que mis pasiones me tienden cada vez.
Necesito que me hables, necesito saber si recorremos un sendero aunque sea paralelo, si nos encontraremos de nuevo al final del camino o simplemente se trata de dos rutas trenzadas que se encontrarán una y otra vez, pero nunca terminan de unirse...
Ya lo ves, la falta de información me ahoga, pero en las escasas ocasiones que nos encontramos y contactamos todas las dudas se desvanecen, tus ojos me transportan al Edén y tus manos tienen la habilidad de borrar todos los pesares.

Y a pesar de todo, yo casi siempre callo, casi nunca te digo cuanto me gusta que tus ojos atraviesen mi alma, cuan dichosa me siento cuando por fin engañamos a nuestras agendas y juntamos tiempo para vernos. Siempre obvio todo el bien que me haces y espero que aún así lo asumas.
A veces el silencio se me atraganta y se convierte en una bola inmensa. Quiero gritar que te deseo, que te quiero, que siempre te he amado. Y me pides que te cuente todo lo que me pase y lo hablamos, lo q no sé si entiendes es que no quiero hablar, lo que quiero es que sientas siquiera una mínima parte de lo que tú me haces sentir. Quiero ser tu último pensamiento al acostarte, quiero que a ratos me extrañes, quiero que añores momentos que aún no han pasado, quiero que me envíes una mueca, porque algo te recordó una anécdota. Quiero que sonrías al despertar porque tal vez hoy nuestros trayectos se crucen, quiero que veas a otra gente y te acuerdes de mi, quiero que flirtees  con otras pero siempre vuelvas a mi pecho... Quiero que sonrías sin motivo, que te sientas satisfecho, que duermas tranquilo.

viernes, 7 de agosto de 2015

El clavo que sacó otro clavo y se clavó en lo más profundo.

Una vez más el calor me hace divagar sobre lo que podría haber sido si tú y yo hubiésemos querido.
Ya va haciendo tiempo que nos presentaron y aunque tú no repararas en mi presencia, yo desarrollé una inmensa curiosidad por tu persona. ¿Por qué?, nunca lo sabré, el caso es que a medida que te iba conociendo, más te parecías al príncipe azul que soñaba cuando era una infante.
Cervezas después del trabajo con los compañeros (a las que me apuntaba sin pensármelo cuando mis amigos, tus colegas, me avisaban), visitas en el local de ensayo más o menos colocados, alguna Noche Vieja en la que casualmente pasabas por la casa en la que andábamos reunidos y el Bar, sobretodo el Bar.
SENPAI dejó una honda huella en la mayoría de los muchachos del barrio, pero sobretodo en mi. Allí tuve la oportunidad de encontrarme y reencontrarme con lo mejor que he tenido hasta ahora... Amigos, colegas, confidentes, personajes, anécdotas y sobretodo tú (aunque te vendías muy caro).
Con la barra como frontera fuiste mimando y curando un corazón hecho jirones que había perdido la fe en la humanidad y cualquier buen sentimiento inspirado en ella. A media distancia entre la chanza y la curiosidad suscitada tiempo antes surgían ideas y planes locos. Así, poco a poco no sólo reconstruiste lo que estaba arruinado si no que además me devolviste la fe y las ganas de seguir intentándolo. A mi, sin embargo, me costó bastante entender que tú también estabas cerrado por derribo, se te veía tan jovial tras la barra, tan cómodo... Mas era sólo una fachada bien mantenida a lo largo del tiempo, al fin y al cabo, aunque fuera un pasatiempo, era trabajo, era tu inversión, tu proyecto.
La pesadumbre desapareció de mi ser y la curiosidad fue tornándose interés, me propuse ser para ti el amigo que tú habías sido para mi, siempre atento, siempre amable y dispuesto a escuchar o simplemente a hacer notar que la soledad no siempre es tal, sino que nos empeñamos en aislarnos. No me lo pusiste fácil, de hecho sigues siendo un inmenso enigma, pero de pronto, o tal vez no fuera tan súbitamente, la atracción me sobrevino como un insaciable huracán que toma para sí todo cuanto encuentra a su paso. Sin reparar en cómo, cuándo o por qué, empezaron a despertarse en mi humores y sensaciones desconocidas que me hacían desear cada viernes como mi postre favorito, trabajaba duro toda la semana para gozar de cada fin de semana libre por si surgía algún plan en el que estuvieses implicado. Todo mi afán era conocerte mejor, aunque tú fueras tan hermético y reservado que apenas consiguiera de ti un "soy muy complicado, Pacita".
Me negué a abandonar mi cruzada contra tu caparazón. No era justo que abandonase al que había sido médico, enfermero y mecánico de mi maquinaria vital, mientras estaba tan malherido como lo había estado yo. Así que a pesar de tus reticencias seguí investigando sobre ti, contigo y sin ti, no perdía la oportunidad de interrogar a tus amigos, o sumergirme en la profundidad de tus parcas palabras buscando ese doble sentido que me diera una pista de cómo atacar tu hastío. Todos mis esfuerzos parecían vanos así que cambié de estrategia. A esas alturas ya provocabas en mi tal agitación que, aunque entre güisquis, no podía controlar acelerarme cada vez que te tenía al alcance. Un abrazo y dos besos eran suficientes para hacer flaquear mis piernas pero con cierta maestría conseguía disimular mi debilidad.
Más rápido de lo que esperaba llegó el cierre del local y se esfumaron mis posibilidades de rehacerte o atraerte al lado de los optimistas. Fue un tiempo incierto, muchos de los que nos habíamos reencontrado nos quedamos huérfanos, sin saber donde ir ni que hacer los fines de semana. Entonces tú y yo perdimos el contacto salvo por algunos sms que te hacía llegar cada tanto recordándote que seguías presente en mis plegarias, incluso que extrañaba nuestras miradas furtivas de lado a lado de la barra.
Una extraña noche de verano años después coincidimos por fin. Me vestí con lo más exuberante y sexy que encontré en mi ropero, me deshice de mi carabina y te acompañé a aquel ático del que quedé prendada... Un par de copas de vino, mucha conversación frugal y algún cigarrillo después decidí que no iba a ser simplemente otra noche más mirando a la pared. Te miré fijamente e invadí tu boca con mis labios, había luchado demasiado como para esperar que dieras el primer paso y salté sin mirar... No salió mal, fue una noche fantástica y el sol nos descubrió indiscreto al amanecer, desnudos en tu cama. Todo parecía haberse resuelto de repente, o al menos parecías más dispuesto a darte y darnos una oportunidad.
Enseguida te fuiste de vacaciones y desapareciste por completo, al parecer perdiste o te robaron el teléfono y hubo un absoluto mutismo durante 10 largos meses. Tiempo durante el cual me machacaba casi a diario con esas insustanciales y absurdas ideas que me asaltaban haciéndome creer que no era suficiente para ti, que esa noche no había significado nada, que no había sabido hacerte disfrutar, que no te gustaba...
Entonces, una nueva pasión invadió mi vida por completo, el deporte me devolvió la autoestima cercenada, centrarme en progresar y competir me apartó de todos los pensamientos que me menguaban y ver cómo a base de esfuerzo y dedicación me iba ganando mi hueco en el vestuario me hizo crecer e incluso volar, momentáneamente perdí el contacto con la vida real y me dejé llevar por ese sentimiento de triunfo. Tuve la oportunidad de conocer a gente nueva (mucha gente) y dejarme querer. Pero nada salía bien, en todos te buscaba a ti.
En una ocasión casi me había convencido de haber empezado algo bonito cuando antes de darme tiempo a reaccionar ya me estaba dejando. Se cansó, seguro, porque pensaba demasiado en "el imbécil"... También me costó digerir eso, aún hoy extraño los paseos, las exposiciones, las meriendas...
Una vez más dispuesta a dejar todo atrás y volver a empezar, apareciste como un torbellino poniéndolo todo del revés. Pero ya estaba escaldada, cansada de tus idas y venidas, aunque la culpa era sólo mía por ese afán de construir castillos en el aire, mas eso nunca ha de cambiar, soy soñadora por naturaleza y siempre deformo la realidad a mi conveniencia.
No sin reticencias me dejé cortejar una vez más, cierto es que me mostraba participativa y dispuesta, aunque siempre esperando el momento en el que volvieras a huir, aún espero ese momento y no termino de creer que en apenas cuatro meses te haya visto más que en los cinco años anteriores, y no me quejó; pero temo abandonarme a mis pasiones y a mis sueños porque está siendo demasiado perfecto para creer que durará.
A veces en nuestros encuentros te miro mientras descansas, relajado y con acompasada y profunda respiración y pienso que podría volver a enamorarme de ti, que habrías sido un novio ideal, un marido perfecto y un padre excepcional. En ocasiones me descubres inmersa en mis pensamientos e insistes en que te ilustre sobre la marabunta de ideas que invaden mi psique y sin mucho éxito intento zafarme de tus insistentes interpelaciones porque me asusta sobremanera formular mis pensamientos en voz alta.
Así estoy bien, me conformo. No quiero acostumbrarme a ti, pero te quiero.